Centro Juvenil Don Bosco La Orotava

Querido Don Bosco



Esta es la primera carta que te escribo desde La Orotava y la verdad es que, aunque sé muy bien lo que quiero constarte, la verdad es que no sé muy bien por dónde
empezar. Hace tan sólo unos meses que llegue hasta esta bendita tierra canaria
y son muchos los sentimientos, vivencias y personas que quisiera compartir
contigo.



Pero el verdadero motivo de esta carta no es otro que verificar unos extraños sucesos a que llevo notando durante este curso que estamos compartiendo aquí en
tu colegio de san Isidro labrador de la La Orotava.



Yo pensé, que desde que la Iglesia te proclamó santo te habías alejado de nosotros, vamos... que al estar en el cielo ya no estabas en la tierra. Pero
dicen que por las noches, cuando nadie mira te bajas altar y sales por la
puerta. Dicen que te vas por el pueblo para recorrer sus calles y conocer a su
gente.



Dicen que muchos viernes y sábados sales por el Puerto y te sientas en una plaza con Jorge, Eloy, Ignacio y Tamara, que están allí porque no tienen otro sitio mejor
a donde ir. Ellos están allí bañados en alcohol y no sé que otros malos rollos.
Hasta ellos te acercas y te sientas en la acera. Allí pasas un rato hablando de
vuestras cosas: del último examen que hicieron, de aquella novia con moto que
les rompió el corazón, de lo mal que la trata su padre o de lo mucho que
trabaja su madre. Allí te quedas, allí les hablas de un Dios joven que los
quiere, de un Dios que los espera y los perdona, de un Dios que también por
ellos murió.



Dicen que cuando te vas se quedan con un poco más de paz en el corazón.



No acaba ahí tus noches de movida. Del Puerto coges el camino hacia El Fraile, porque un ángel de la guarda te ha dicho que hay una familia que quiere verte.
Qué alegría siente Sahim cuando te abre la puerta. El no es cristiano, ni
español, el es... nada. Es de esos que nosotros llamamos cariñosamente “sin
papeles”. Su cuerpo maltratado por el duro trabajo se estremece cuando te
cuenta de como su padre lo vendió siendo un niño, de se vida llena de gente que
lo usaron y lo maltrataron. De como llegó a España en una patera con su hermanito.
Dicen, que lloras cuando descubres que aún hay en los ojos de Sahim una huella
de esperanza. Dicen que allí te tomas un café, que su hermanito se te sube por
las rodillas y te come a besos. Dicen que te vas llorando de alegría porque
sabes que en aquella casa también vive Dios.



La noche se acaba y te das prisa por llegar a tu iglesia para que nadie note tu ausencia. Pero me han dicho que tu última cita la encuentras en un banco de la calle.
Allí esta Cristóbal y “Chuli”. Cristóbal es un joven “sin techo” y “Chuli” es
su perro, el único ser vivo que llorará el día que lo encuentren muerto por el
frío una noche de estas. Tu visita es breve. Sólo un minuto para dejar un poco
de dinero en su bolsillo. Y sin despertarlo quitarte el manteo para arroparlo
un poco. Y no se te olvida “Chuli”, que desde que te vio de lejos no ha dejado
de mover el rabo y hacerte mil y una carantoñas. El se conforma con poco: una
caricia, unas palabras bonitas y la promesa de que también los perros van al
cielo.



Dicen que antes de regresar a la capilla esperas en la puerta del cole para ver entrar a alumnos y profesores al cole. En la puerta escuchas sus
conversaciones, algunas vacías y aterradoras, pero otras llenas de amor,
ternura y pasión… llenas de Dios. Allí, en la puerta, apretujado entre tus
chicos te acuerdas de tus niños del primer oratorio de Turín. Y en las caras de
los jóvenes de hoy vuelves a descubrir los mismo ojos de ayer, unos ojos llenos
de vida, llenos de potencialidades, llenos de ilusión... Allí entre los chicos
es donde te encuentras bien. El timbre te recuerda que tienes que volver a la
iglesia antes de que se abra y descubran tu ausencia.



Si querido don Bosco... todo esto me han dicho que haces cada noche. Tus pobres, tu gente, tus jóvenes, tus amigos tiene la suerte de verte cada día. Allí estás
tú, con ellos, compartiendo penas y sufrimientos, pero sobre todo, hablándoles
de un Dios que ha apostado fuerte por ellos.



Padre, aquí en tu casa de La Orotava no sabemos cómo darte las gracias. Y en esta tarde de Triduo me gustaría que supieras que nosotros sabemos que estás vivo y
presente en medio de nosotros. Tú estás aquí cada vez que la familia salesiana
pasa noches en vela atendiendo enfermos, trabajan duro o rezan por nosotros.
Nosotros somos tu presencia y somos el regalo más grande que podías dejar en
este pueblo... bueno, más que un regalo somos unos “regalitos” en el corazón de
la Iglesia de Tenerife.



Bueno padre, esta carta hay que acabarla. Se bueno y pórtate bien en el cielo (que allí también eres capaz de liarla). Da recuerdos por allí, especialmente a Don
Domingo y guárdanos un sitio para cuando nos encontremos allí.



Con cariño se despide, tuyo para siempre,



Manuel Ernesto

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Etiquetas: homilia

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